José Jerí no gobierna: interpreta. En un país tomado por extorsiones y sicariato, él parece convencido de que la seguridad se arregla con pantallas, poses y gesto solemne. Ayer lo vimos siguiendo “paso a paso” la llegada de Erick Moreno Hernández, alias “El Monstruo”, capturado en Paraguay. Una escena calculada para vender control. Y, sin embargo, lo único que controla Jerí con consistencia es el encuadre. Porque mientras él se acomoda frente a los monitores, el Perú real se acomoda frente al miedo.
La captura es relevante, por supuesto. Pero no seamos ingenuos: ese resultado lo produce la Policía y la cooperación internacional, no la mirada fija del presidente frente a una pantalla. Jerí se cuelga de la noticia como si fuera director de la operación, cuando en realidad solo está haciendo lo que mejor le sale: convertir un hecho policial en un clip político. Un país no necesita un presidente que narre operativos; necesita uno que construya políticas.
Y allí aparece la gran estafa: Jerí luce “ocupado”, pero el país no ve estrategia. Porque mientras el presidente se obsesiona con el show, el Plan Nacional de Lucha contra la Criminalidad sigue sin aparecer. En más de 113 días de gobierno, Jerí lo aplazó dos veces. Dos. ¿Qué clase de liderazgo posterga el documento central de seguridad mientras las bandas avanzan? Ninguno que merezca llamarse liderazgo. Eso no es gestión: es evasión con corbata.
Lo peor es el reemplazo: Jerí cambió el plan por el atajo. Estados de emergencia una y otra vez, como si la excepcionalidad fuera una política pública. Y la evidencia cotidiana es clara: no funcionan. Sirven para la conferencia, para la foto, para el anuncio; no para desarticular estructuras criminales. Un estado de emergencia sin inteligencia, investigación, control territorial y persecución financiera es como apagar un incendio con megáfono: hace ruido, no apaga nada.
La delincuencia opera con método: extorsiona, recluta, controla rutas, corrompe. El Estado, con Jerí, opera con teatralidad: decomiso para la cámara, mensaje grandilocuente, y al día siguiente el comerciante vuelve a pagar “protección”. El ciudadano ya entendió el truco: el Gobierno confunde “hacer presencia” con “recuperar autoridad”. La presencia dura una tarde. La autoridad se construye. Y Jerí no ha construido nada: ha actuado.
Además, el caso “El Monstruo” desnuda una verdad humillante: si se hablaba de informantes e infiltración, la crisis no está solo afuera, también está adentro. ¿La solución? Depuración, mando, reformas, control interno. Pero eso no da rating. Eso no permite posar. Eso exige trabajo serio. Y Jerí, cuando el trabajo deja de ser televisable, desaparece.
Jerí está administrando seguridad como contenido: momentos “impactantes” y cero estructura. Una captura no reemplaza un plan, y un show no reemplaza liderazgo.
Reflexión final
El Perú no necesita un presidente de pantalla. Necesita un presidente que llegue antes que la delincuencia, no después de la noticia. Porque cuando el poder se dedica a verse firme en televisión, la calle entiende lo contrario: que el Estado está distraído. Y en un país distraído, el crimen no solo avanza: se instala. (Foto: Lima Gris).
