Palacio de citas: chicas, chinos y contratos tras la puerta

Cuando el país exige liderazgo, transparencia y mano firme contra la corrupción, José Jerí ofrece otra cosa: agenda social en Palacio. El palacio de gobierno convertido en casa de citas dudosas con chicas y chinos. Suena brutal, pero más brutal es la normalidad con la que ya lo contamos. Porque, cuando los escándalos se vuelven rutina, el problema deja de ser el hecho aislado y pasa a ser el sistema: un Estado que opera por cercanía, no por reglas; por accesos, no por méritos.

Primero fueron las reuniones secretas con empresarios chinos que contratan con el Estado, sin registro claro ni transparencia suficiente. Ahora, un nuevo reportaje periodístico revela una secuencia que huele a favoritismo: mujeres que habrían ingresado al despacho presidencial y, poco después, aparecieron contratadas en distintas entidades públicas, incluso cerca del propio Ejecutivo. Algunas visitas, según se ha informado, habrían ido más allá del horario laboral, extendiéndose hasta la noche. En cualquier administración seria, eso dispara una investigación inmediata. Aquí, dispara la excusa estándar: “esperemos que se aclare”.

El punto no es el chisme: es el mecanismo. Si las contrataciones no pasaron por recursos humanos ni por procesos regulares de selección, entonces la puerta de entrada al Estado no fue un concurso, fue una cita. Y cuando el empleo público se decide por despacho, el país retrocede décadas: se rompe la meritocracia, se premia la cercanía y se humilla al ciudadano que sí compite, sí estudia y sí respeta la fila.

La ironía es grotesca. Mientras el peruano común se ahoga en trámites, en colas y en requisitos, en Palacio parecería bastar con “pasar por ahí”. Y si a esa lógica se suma la sombra de reuniones con empresarios extranjeros que contratan con el Estado, el cuadro se vuelve tóxico: citas para negocios y citas para puestos, todo orbitando alrededor del mismo centro de poder.

Lo más escandaloso, sin embargo, es la impunidad anticipada. Porque Jerí no se sostiene por resultados ni por legitimidad, sino por el blindaje político. La “tibieza” congresal se disfraza de prudencia, pero funciona como protección: dilatar, relativizar, esperar que el escándalo se enfríe. El manual clásico del poder: dejar que el país se canse antes de que la verdad se aclare.

Palacio no es una sala de entrevistas privadas para repartir contratos ni una oficina informal para gestionar influencias. Cuando la Presidencia se convierte en puerta giratoria de favores, el Estado deja de ser república y empieza a parecer botín.

Reflexión final
El problema no es solo Jerí: es lo que su estilo normaliza. Un país que acepta “citas dudosas” como método de gobierno renuncia a la transparencia y abre la puerta a la corrupción estructural. Y cuando el poder se maneja con agendas paralelas, el mensaje para el ciudadano es letal: aquí no gana el mejor, gana el más cercano. Esa es la verdadera derrota democrática. (Foto: China Polo).

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