Decir “corrupción en la AFA” no es lanzar una consigna: es nombrar un hábito. Uno que se alimenta de silencio, de trámites interminables y de esa costumbre latinoamericana de convertir lo público —y lo popular— en botín. Esta vez, la denuncia no gira en torno a una discusión arbitral: gira en torno a una causa por presunta retención indebida de aportes e impuestos por una cifra obscena: 19.300 millones de pesos. Y frente a eso, la reacción dirigencial no es rendir cuentas con números claros, sino pedir lo de siempre: anular, postergar, frenar.
El tesorero Pablo Toviggino se suma al pedido del presidente Claudio “Chiqui” Tapia para anular indagatorias. ¿El argumento? Que antes debe resolverse un planteo para cerrar la causa por “inexistencia de delito”. Traducido sin maquillaje: “primero declaren que no pasó nada; después vemos si hablamos”. En cualquier institución decente, el camino sería al revés: explicar, documentar, transparentar. Aquí no: aquí se busca que la justicia camine con grilletes.
Hay algo que la AFA parece no entender —o entiende demasiado bien—: el problema no es solo penal, es moral e institucional. Porque cuando una cúpula que administra el fútbol pretende jugar al “recurso eterno”, el mensaje es brutal: las reglas son para el hincha, no para el dirigente. Y mientras se discute el tecnicismo, la pregunta central queda tirada en el piso: ¿dónde está el dinero y por qué no se pagó en término?
El calendario de indagatorias aparece como un termómetro del caso, pero también como un espejo: cuando la justicia avanza, el poder responde con el arte de estirar la cuerda. Y cuando el expediente aprieta, aparece otra postal inquietante: dirigentes con prohibición de salida del país, pedidos de viajes, autorizaciones, rechazos. Todo muy institucional, todo muy “normal”, como si el fútbol fuera una diplomacia paralela que merece privilegios incluso cuando la sospecha es grave.
La AFA, que exige disciplina a jugadores, técnicos y clubes, hoy discute disciplina en tribunales. Y lo hace intentando convertir la indagatoria en un trámite prescindible. Pero la indagatoria no es un show: es el momento en que el poder deja de hablar en slogans y empieza a hablar con hechos.
La corrupción no siempre se presenta con un maletín. A veces llega vestida de formalidad: escritos, apelaciones, nulidades, postergaciones. No es solo “ganar tiempo”: es cansar a la opinión pública, enfriar el escándalo, licuar la indignación. Y en ese juego, el fútbol pierde dos veces: pierde plata y pierde honor.
Reflexión final
Si la AFA quiere limpiar su nombre, que lo haga con el único idioma que vale: auditoría independiente, rendición pública con cifras verificables y colaboración total con la justicia. Y si la justicia quiere evitar que el caso se convierta en humo, debe actuar con firmeza y sin contemplaciones. Porque cuando el poder pide “tiempo”, casi nunca es para encontrar la verdad: es para esconderla mejor. (Foto: Perfil.Com).
